Juana Rouco Buela


“Es preciso que comprendáis de una vez por todas que nuestra misión no se reduce
a criar vuestros hijos y lavaros la roña,
que nosotras también tenemos derecho a emancipar­nos
y a ser libres de toda clase de tutelaje,
ya sea social, económico o marital.” 1
(del periódico La Voz de la Mujer, 1896)

El anarquismo tuvo una gran influencia sobre el movimiento obrero argentino de fines del siglo XIX y principios del XX: esto se expresó, en el plano sindical, en la organización de numerosas sociedades de resistencia, generalmente las más combativas de la época, que luego se convertirían en sindicatos. Estos se nuclearon en una central denominada Federación Obrera Regional Argentina (FORA), que se diferenciaba fuertemente de la Unión General de Trabajadores (UGT), de orientación socialista primero y sindi­calista revolucionaria después.El anarquismo local era predominantemente organizativista e ideológicamente respondía al anarco-comunismo.3

Su influencia no se limitó al plano sindical, sino que también promo­vió la creación de instituciones a nivel cultural y educativo, como espacios para una educación alternativa a la promovida por las clases dominantes. Así, mediante centros culturales y clubes sociales (que en muchos casos dieron origen a los más populares equipos de fútbol argentinos), los obreros lograban establecer lazos comunes con sus hermanos de clase. Sin embargo, el anarquismo en sus diferentes corrientes tenía importantes limitaciones en lo que se refería al rol de la mujer. Esto queda en evidencia tanto en lo escrito por grandes referentes de los anarquistas como Proudhon4, como en los debates originados a partir del ingreso de las mujeres al trabajo fabril, y sus reclamos por obtener más derechos civiles y laborales.

Un ejemplo es esta cita extraída del periódico anarquista más importan­te de los publicados en Argentina, La Protesta“Todas las mujeres no pueden ser Luisa Michel, Emma Goldman o Rosa Luxemburgo. Estas heroínas de las reivindicaciones proletarias son excepciones raras. ¡Si todas las hem­bras desearan obrar como ellas, se acabarían en el mundo las novias y las madres!”. La preocupación de los ácratas acerca de que siguieran existiendo “novias y madres” tiene relación con el ideario dominante en la época acerca del rol femenino en la familia. Intentaban justificar este sometimiento en nombre de la revolución social, ya que sostenían que las mujeres debían criar hijos sanos y fuertes que pudieran luchar por las ideas libertarias. Así, en el discurso anarquista la mujer era valiosa para la crianza de futuros revolucionarios, idealizándose su función maternal; a la vez, se culpaba a la mujer por mantener en el retraso a toda la sociedad, transmitiendo ideas retrógradas por no estar lo suficientemente educada. Entre víctima y culpa­ble, otro rol que debía cumplir, según estos hombres, era el de compañera ejemplar, que facilitara la lucha de su compañero manteniendo en orden el hogar y ocupándose abnegadamente de los hijos.

Si bien estas concepciones eran bastante generalizadas, había diferentes matices; algunos sectores del anarquismo discutían temas como el ejercicio de una maternidad racional, utilizando métodos anticonceptivos y contra la maternidad forzosa, o la defensa de los derechos de las trabajadoras, aunque se prefiriera que la mujer permaneciera en el hogar. En lo que respecta a la sexualidad también había posiciones encontradas, predominando una visión sanitarista del cuerpo y el sexo; también fue importante la reivindicación del amor libre, aunque esto estaba más ligado a la oposición al matrimonio que a la vida sexual.

Un punto de ruptura con el ideario dominante se expresará claramente entre 1896 y 1897, con la aparición del periódico La Voz de la Mujer, escrito por anónimas mujeres anarquistas; hay quienes sostienen que la principal impulsora del periódico fue Virginia Bolten, obrera del calzado e incansable propagandista. Bajo el lema “Ni Dios, ni patrón, ni marido”, este periódico constituyó un grito de rebeldía ante los prejuicios patriarcales que ni los que se decían revolucionarios podían romper, atacando a “los que habláis de li­bertad y en el hogar queréis ser unos zares”, según sus palabras. La respuesta no tardó en llegar, a través de numerosos artículos en La Protesta y otras publicaciones. La Voz de la Mujerno fue la única publicación de las mujeres anarquistas; Nuestra Tribuna, fundado por Juana Rouco Buela es otro caso, que ante el asedio gubernamental apareció de manera intermitente.

En general, las anarquistas que reivindicaban los derechos de las mujeres no se consideraban feministas, ya que relacionaban esa palabra con el floreciente feminismo burgués, generalmente separado de la vida cotidiana y los padecimientos de las mujeres de clases populares. A pesar de la dificultad de estas mujeres para formar grupos que se mantuvieran en el tiempo, ya fuera por las persecuciones gubernamentales, la intensidad de las luchas del período, o la resistencia de sus propios compañeros, llegan a nuestros días noticias de grupos como Las Libertarias, fundado en 1902, que llamaba a las mujeres de su clase a organizarse de esta manera: “A las compañeras: en casi todas las ciudades del mundo civilizado, las proletarias se unen y tratan de emanciparse, imponiéndose a la burguesía explotadora. Unámonos, proletarias, no solamente para aumentar nuestro grupo sino para instruirnos recíprocamente. Las luchas parciales que ahora sostene­mos pueden ser un día no lejano solidarias y contemporáneas con las de todos los trabajadores, sin distancia de sexo” 5. Otros grupos fueron Alcalá del Valle, el Comité de Huelga Femenino, la agrupación Luisa Michel y el Centro Femenino Anarquista.

Entre las figuras que llegan hasta nosotros, sobresalen Juana Rouco Buela, Virginia Bolten, María Collazo, María Robotti, Teresa Caporaletti y Rosa Dubosky. Tampoco podemos dejar de nombrar a Luisa Lallana, joven anarquista muerta a los dieciocho años durante la represión que liquidó una gran huelga portuaria en Rosario, en 1928. Destacadas militantes anarquistas, fueron un ejemplo de audacia y valor en la huelga de inquilinos de 1907, durante la Semana Trágica, encabezando campañas por los presos políticos o mejoras en las condiciones laborales, en fervientes discursos, apoyando huelgas y desde las páginas de las innumerables publicaciones que crearon o con las cuales colaboraron.

La encarnación del ideal libertario

En su autobiografía Juana Rouco Buela escribió: “la mujer, en nues­tro movimiento, nunca tuvo el estímulo necesario y casi siempre se la ha ignorado en su labor tenaz y eficaz.” Militó en el anarquismo desde los 15 años, actuando sobre todo como difusora de las ideas libertarias. Nacida en 1889 en suelo español, de familia obrera, llegó a Buenos Aires en 1900 con su madre y hermanos; poco después comenzó a trabajar para colaborar con el mantenimiento del hogar, lo que le impidió asistir a la escuela. Fue auto­didacta, formándose con la ayuda de uno de sus hermanos, con quien además se inició en la vida política, acompañándolo a reuniones y conferencias.

En 1907 fundó el Centro Femenino Anarquista junto con otras mujeres, y tuvo una activa participación en la llamada Huelga de los Inquilinos. Esta comenzó por la sublevación de los habitantes de conventillos ante la suba de los alquileres e intentos de desalojo. Se organizaron en comisiones, tuvieron delegados que se reunían periódicamente, y llevaron adelante una lucha de varios meses, durante los cuales se destacó el papel de las mujeres. Según una crónica de la época, en un conventillo ellas “se armaron de palos, escobas y otros objetos y la emprendieron con los representantes de la autoridad, especialmente con el oficial de justicia, quien se vio en serio peligro. (…) hubo ocasión de presenciar más de una lucha cuerpo a cuerpo entre éstas y los agentes.” Enfrentamientos de este tipo eran cosa de todos los días en los conventillos de Buenos Aires, Rosario y otras ciudades, quedando para la historia cientos de anécdotas en las que policías, funcionarios y los odiados caseros (que administraban los edificios) fueron ahuyentados, golpeados e incluso desprovistos de sus ropas y obligados a salir así a la calle.

El gobierno utilizó la Ley de Residencia promulgada por el presidente Roca para expulsar del país a los inmigrantes que se consideraban “peligro­sos” para el orden institucional; entre la larga lista de deportados, en gran parte anarquistas, se encontraba Juana, que con tan sólo dieciocho años fue enviada a España. La persecución a los anarquistas también era fuerte allí; sufrió algunos días de arresto en Barcelona y Madrid, y se la conminó a salir del país. Se dirigió a Francia y luego a Italia, donde trabajó como planchadora. Finalmente consiguió embarcarse rumbo a Montevideo, trabajando como camarera en un barco, y al llegar comenzó una intensa actividad militante, participando de la campaña contra el fusilamiento del pedagogo Francisco Ferrer en España, e instalando la redacción del periódico La Nueva Senda en su propia casa. Ante un allanamiento, logró escapar disfrazada de hom­bre, mientras alguien salía vestida como ella para distraer a los policías que vigilaban el lugar. La exitosa fuga y su posterior pase a la clandestinidad fueron tema de un poema publicado en el periódico El Día, que dice:

Es cosa que desconsuela
ver que se vuela la Buela
con tanta descortesía
que es como si en este día
le arrancaran una muela...
o dos a la policía.

Dos meses después, volvió a “volar” y regresó a Buenos Aires. Ape­lando nuevamente al ingenio se vistió de luto, y viajó con su sobrina de dos meses en brazos y la cara cubierta por un velo, evitando así ser arrestada nuevamente, porque ¿quién molestaría a una mujer de duelo, con un bebé? Cambió su apellido Buela por el de Rouco, y se radicó por un tiempo en la ciudad de La Plata.

El año 1910, cuando la burguesía local se aprestaba a celebrar el cen­tenario de la Revolución de Mayo, fue convulsivo: numerosos conflictos gremiales prepararon el terreno para una huelga general, y el gobierno atacó duramente al anarquismo, allanando sus locales, arrestando y deportando a numerosos militantes, entre los cuales nuevamente se encontraba Juana. Enviada a Montevideo, permaneció en prisión por diez meses, luego de los cuales volvió a la vida política. Durante un intento de llegar a París viajando como polizona, fue descubierta por el capitán del barco, quien “me dijo muy amablemente que en treinta años que navegaba nunca se le había introducido una mujer de polizón.” Fue bajada del barco en Río de Janeiro, donde consiguió trabajo en una fábrica de camisas y se contactó con el anarquismo local, representado por la Federacion Operaria de Rio de Janeiro, de orientación similar a la FORA. Permaneció allí por cuatro años, actuando como propagandista, dando conferencias y escribiendo.

De regreso en Buenos Aires, comenzó un ciclo de actividad febril difun­diendo las ideas libertarias, realizando viajes para dar conferencias y colaborar en la orientación política a lo largo de todo el país. Muchas veces la presencia de Juana era especialmente requerida, sobre todo cuando había algún conflicto en el que participaran gremios con gran número de mujeres. Sin embargo, el movimiento no había logrado sobreponerse al golpe del Centenario. La Primera Guerra Mudial y la Revolución Rusa motivaron acalorados debates entre los anarquistas, al igual que entre los socialistas, definiéndose finalmente la mayor parte en contra de la gesta soviética, aunque un núcleo de ambas corrientes apoyó la revolución. Juana sostuvo que “la revolución rusa no era lo que esperaban los anarquistas para la transformación social.” Además planteó que había que dejar de lado esa discusión política para abocarse “más de lleno al movimiento obrero y social.” Esto se relaciona con la premisa anarquista de que los obreros no deben intervenir en política en lo que se refiere a organización partidaria, ocupación de funciones públicas o cualquier aspecto relacionado con el Estado, ya que para ellos toda forma de gobierno significa tiranía y opresión, aún en el caso de un estado obrero. Consideran a la actividad partidaria como propia de la burguesía, y oponen esto a la acción directa. Cuando en 1915 el sector de la FORA donde militaba Juana se separó fundando la FORA del 5° Congreso (anarco-comunista), ella consideró “traidores adaptados” a los que permanecieron en la FORA 9°, junto con otras corrientes.

Durante 1919, bajo el gobierno del Partido Radical encabezado por Hipólito Yrigoyen, se desencadenó una de las mayores masacres contra el proletariado en suelo argentino, que pasó a la historia como la Semana Trágica. La feroz represión contra los huelguistas de la metalúrgica Vasena llevó a una heroica reacción popular cuya derrota, luego de varios días de batallas en las calles, puso en evidencia los límites de una gran acción obrera espontánea sin dirección consciente. Para el anarquismo la huelga general era el camino más directo hacia la revolución; su visión espontaneísta e inge­nuamente anti-autoritaria fue lo que impidió la construcción de esa dirección consciente.10 En palabras de Juana: “los ánimos del pueblo iban decayen­do. Se encontraban también un poco desorientados, porque faltó riqueza, energía y capacidad para orientar y seguir la acción revolucionaria.” 11 La represión estatal, potenciada por la acción de grupos civiles armados como la Liga Patriótica, integrada por jóvenes de la burguesía porteña, significó el asesinato, encarcelamiento y deportación de miles de obreros.

Posteriormente, Juana fue una de las organizadoras del Sindicato de la Aguja, que nucleaba a costureras, cortadores de camisas, sastres y camiseras. Viajó por todo el país difundiendo el ideal anarquista y promoviendo la creación de una regional de la FORA para la provincia de Buenos Aires. En sus memorias relata que “desde mucho tiempo atrás venía pensando en la necesidad de sacar un periódico anarquista, escrito y dirigido por mujeres. Mi idea era difícil de poder llevar a la práctica, pero no imposible.” 12 Esa idea se convirtió en papel impreso en la ciudad de Necochea, donde con un entusiasta grupo fundó Nuestra Tribuna; recibían colaboraciones de otros países, y se distribuían ejemplares en Argentina y el exterior. Uno de los carteles que anunciaron la salida del periódico decía: “¿Que nos circuns­cribiremos a hacer una propaganda femenina? ¿Quién dijo eso? Nuestros propósitos son esencialmente sociales, nuestra hojita será un quincenario anarquista de elevación mental de la mujer y el hombre, pero escrito por mujeres.” 13 Entre los temas tratados con frecuencia en sus páginas estaba la situación en la Patagonia, donde las luchas obreras eran duramente repri­midas. Luego de tres años de salidas intermitentes, debido principalmente a la persecución estatal, dejó de publicarse el periódico.

Durante esos años se dieron cambios importantes en la vida de Juana: tuvo dos hijos, y esto la obligó bajar el ritmo de actividad, y sobre todo a dejar las giras por las provincias. En sus palabras, “se produjo una transformación muy natural, ya no era la mujer libre, había adquirido una responsabilidad que me imponía el cuidado y educación de mis hijos, no obstante atendía la propaganda en la medida de mis posibilidades.” 14 Cambió su lugar de residencia en varias ocasiones, tanto por cuestiones relacionadas con la militancia como personales. Cuando regresó a Buenos Aires, se dedicó a escribir y dar conferencias.

Se avecinaba el acontecimiento que sacudiría su vida e infligiría una herida mortal a la ya debilitada FORA: el golpe de estado encabezado por el general Uriburu en 1930. La clausura de locales y periódicos, encarcela­miento de luchadores y allanamiento de sus hogares, así como el cierre de sindicatos, terminaron con la que una vez fuera una importante federación; muchos de sus miembros abandonaron la causa anarquista, entre ellos el compañero de Juana, que además dejó a su familia. Repentinamente se vio sola con dos hijos, en un contexto de represión y persecución, sin poder sobrellevar el abandono ni la desarticulación de la organización en la cual había militado más de la mitad de su vida.

Después de varios años de inactividad relata que “en 1936, la Revolución Española me despertó del letargo en que yo me encontraba sumida.” 15 Sin embargo, las cosas ya no eran como antes: la militancia se daba entre cuatro paredes, total o semi-clandestinamente, y esencialmente alrededor de pequeñas bibliotecas o emprendimientos culturales, donde se agrupaban los pocos que querían o podían revivir el ideal anarquista. Nada quedaba de la gran federación que agrupó y organizó a miles de obreros en cientos de gremios, nada de los debates en las plazas públicas y de las giras difundiendo ideas y apoyando huelgas. Juana vio con amargura cambiar el mundo que había conocido, y con los años presenció el surgimiento de una nueva central obrera, la Central General de Trabajadores (CGT), que calificó como “amorfa y llena de intereses creados (...), donde se refugian todos los peronistas, fascistas y dictadores. Donde la libertad de acción de los gremios que la componen no es más que una mentira, porque no existe.” 16 Esta apreciación está a tono con su opinión sobre Perón, a quien consideraba un dictador. Esta visión equivocada de lo que fue un movimiento nacionalista burgués con gran influencia en la clase trabajadora, la llevará al error de reivindicar su derrocamiento en 1955, a manos de militares golpistas.17

En un contexto en el cual las diferentes corrientes políticas y sindicales ensayaban respuestas no siempre felices para la irrupción de las mujeres al mundo del trabajo, Juana Rouco Buela notó la invisivilización que sufrían ellas en el mundo de las organizaciones políticas y sindicales, e hizo de su propia militancia una forma de contrarrestarla. El anarquismo demostró a lo largo de la historia las consecuencias dramáticas de su errada estrategia; pero la abnegación de sus militantes en medio de constantes persecuciones, hace necesario rescatar para la memoria colectiva a estas luchadoras.




La Voz de la Mujer, N°1, —/1896.

Anteriormente anarquismo y socialismo habían confluido en la Federación Obrera Argentina (FOA), pero luego se separaron en las dos centrales mencionadas.

El anarquismo no era homogéneo: la tendencia organizativista predominaba en Argentina sobre la no organizativista (opuesta a formar organizaciones obreras, y espontaneísta al extremo). El anarco-comunismo marcó a fuego la orientación de la FORA, siendo generalmente incapaces de salir de posiciones dogmáticas para unirse con otros sectores. En 1915 tuvo lugar el 9° Congreso de la FORA, en el que se incorporaron organizaciones de orientación sindicalista revolucionaria, antes agrupadas en la Confederación Obrera Regional Argentina (CORA). Posteriormente, el sector anarco-comunista más ortodoxo se separó formando la FORA del 5° Congreso (en referencia al congreso donde se votó que el comunismo anárquico fuera la base doctrinaria de la federación). El resto permaneció como la FORA 9° Congreso (con predominio del sindicalismo revolucionario, aunque también había anarquistas, socialistas, y posteriormente comunistas). Otra tendencia fue la de los anarquistas expropiadores, que realizaban asaltos a empresarios para conseguir dinero que financiara sus publicaciones. Tanto éstos como los que realizaban ataques individuales a miembros de las fuerzas represivas del Estado o a personajes represen­tativos de la clase explotadora, fueron grupos minoritarios y generalmente con escaso apoyo en Argentina.

Este dirigente anarquista sostenía que el “lugar natural” de las mujeres era el hogar, y que éstas se caracterizaban por su sensibilidad pero no por su intelecto.

Citado en Anarquismo y feminismo: el movimiento de mujeres anarquistas con sus logros y desafíos hacia principios de siglo, de Mabel Bellucci.

Historia de un ideal vivido por una mujer, de Juana Rouco Buela.

Diario La Prensa, 22/10/1907, citado en La huelga de inquilinos de 1907, de Juan Suriano.

Juana Rouco Buela, op. cit.

Id.I.

10 La discusión entre marxistas y anarquistas acerca de este tema es de larga data; Lenin escribió en 1917 en El Estado y la Revolución“Los trabajadores necesitan del Estado sólo para aplastar la resistencia de los explotadores. (...) No discrepamos, ni mucho menos, de los anarquistas en cuanto a la abolición del Estado como objetivo. Lo que sí afirmamos es que, para lograr ese objetivo, es necesario usar temporalmente los instru­mentos, los medios y los métodos del poder estatal contra los explotadores.”

11 Ibíd.

12 Ibíd.

13 Ibíd.

14 Ibíd.

15 Ibíd.

16 Ibíd.

17 Juan Domingo Perón gobernó Argentina entre 1946 y 1955 y entre 1973 y 1974, cuando falleció. El error de aplaudir su derrocamiento en el ’55 no es exclusivo de Juana Rouco Buela, sino que es compartido por numerosos sectores de izquierda (PC, PS). Más allá de que Perón fue referente de un movimiento político burgués que inficionó la conciencia de la clase obrera con la ideología de la conciliación de clases, no puede “festejarse” que haya sido desplazado del poder por lo más rancio de las fuerzas represivas estatales, que respondían a los intereses de la oligarquía y la embajada norteamericana. La principal víctima del golpe proimperialista no era Perón sino la misma clase trabajadora.

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