Lucía Sánchez Saornil



Lucía Sánchez Saornil, poetisa, militante anarquista y feminista española. Siendo escritora, no figura en los libros de literatura. Siendo política, no aparece en los libros de política.


Nace, un 13 de diciembre de 1895, en el seno de una familia pobre del barrio de las Peñuelas de Madrid. Su madre y un hermano, murieron muy pronto, quedándose ella al cargo de su padre y una hermana. Ello limitó su formación académica, y después de la escuela pública tuvo que compaginar sus estudios de pintura en la Academia de Bellas Artes de San Fernando con su trabajo como telefonista. En el ambiente cultural de la Academia de Bellas Artes empezó a relacionarse con la vanguardia literaria de la época, decantando su producción en poesía, siguiendo los movimientos vanguardistas y adhiriéndose en particular en 1919 al movimiento ultraísta. Publicó entonces sus poemas en revistas como "Tableros", "Plural", "Manantial" y "La Gaceta Literaria".

Su producción poética en sus inicios tiende a ser modernista, no destacando excesivamente, con la excepción de sus creaciones eróticas dedicadas a la belleza femenina, que son apreciados por su fuerza y originalidad. Creaciones de amor lésbico  que publica bajo el seudónimo masculino de Luciano de San-Saor.

Lucia se centra de lleno en el ultraísmo, movimiento del cual es fundadora y en el que participa activamente. Muestra de ellos es su coparticipación en el Manifiesto ultraísta publicado en la revista Cervantes en el año 1919. Durante esa época también publica en las revistas “Grecia”, “Tableros”, “Plural”, “Manantial” y “La Gaceta Literaria”. Es considerada la única representante poeta de este movimiento, aunque como a muchas mujeres, es obviada de antologías del ultraísmo que ni la mencionan. Algunos de los poemas más notables de aquella época son “Cuatro Vientos” o “Elegía Interior”.

Con su mayor implicación en el movimiento anarquista, a partir de los años 20, abandona  la poesía para dedicarse a la actividad política en el seno del movimiento anarcosindicalista. Participó en diferentes conflictos sociales dentro de Telefónica. En 1927 se trasladó a Valencia, donde colaboró en varios periódicos anarquistas como Tierra y Libertad y Solidaridad Obrera. De vuelta a Madrid en 1929, prosiguió con sus actividades en el movimiento anarquista, haciéndose cargo en 1933 de la secretaría de redacción del periódico CNT.


Su posición feminista se va reafirmando a lo largo de los años, como se puede apreciar en sus artículos publicados en este tiempo en “Tierra y Libertad”, “La Revista Blanco” y “Solidaridad Obrera”, donde defiende abiertamente que la lucha de la mujer no debe estar supeditada a la lucha de clases y donde insta a los anarquistas para que  empiecen a liberar a las mujeres de sus prejuicios en sus propias casas.   

Pero igual que las diferencias ideológicas entre falangistas y republicanos los separan, los prejuicios machistas los acercan. El descrédito y la descalificación es lo que recibe Lucia Sánchez Saornil de los jefes de la CNT y la FAI.

Antes de que de comienzo la guerra civil española, en el 36, Lucía, junto con Mercedes Comaposada y Amparo Poch, fundan la organización femenina “Mujeres Libres”, sección femenina de la CNT, en la que posteriormente se crea una publicación con el mismo nombre, de la que es editora y redactora. Esta organización que llegó a ostentar una afiliación de  20.000 mujeres al estallar la batalla nacional, fue desplazada de cualquier acción libertaria dentro del  propio movimiento, donde única y exclusivamente le permiten acciones de intendencia. Durante este periodo belicista, Lucía escribe algunos poemas que son recogidos en el libro “Romancero de Mujeres Libres” que se publica en el año 1937, y diversos artículos en “Horas de Revolución” en 1938.

En mayo 1938 ocupa la secretaria del Consejo General de Solidaridad Internacional Antifascista. Se traslada a vivir a Valencia donde se convierte en la redactora jefe del semanario “Umbral”, allí es donde conoce a la que se convirtió en su compañera, América Barroso, de la que ya jamás se separó. 

Se ha especulado mucho sobre la orientación sexual de la poeta y su posible homosexualidad, pero nunca se ha llegado a una conclusión satisfactoria. Rosa María Martín Casamitjana en la introducción de la antología de Sánchez Saornil ya señala la presencia de cierta ambigüedad en su obra: "Poemas amorosos en su mayoría, están atribuidos generalmente a un yo lírico masculino y dirigidos a un destinatario femenino, lo cual puede ser reflejo de una concepción absolutamente gratuita de la poesía, entendida como pura creación estética ajena a toda confesión sentimental y en la que el asunto amoroso es pretexto de sus inclinaciones lésbicas, sugeridas por alguno de los que la conocieron y desmentidas categóricamente por todos". 

En 1938 con Enma Goldman

Pasan juntas a pie la frontera en 1939 y, tras dos años en Francia, juntas la vuelven a pasar en 1941, huyendo del nacionalsocialismo alemán y para evitar la deportación a los campos de concentración. Se instalan en Madrid pero, tras ser reconocida Lucía, se trasladan aún más discretamente a Valencia, donde América trabaja en un consulado y Lucía retoca fotografías. Como nunca le gustó la publicidad, nadie más la reconoce y las dos mujeres van envejeciendo juntas, en un anonimato cuidadoso que sólo conoce el pintor Pedro de Valencia. El sentimiento de derrota absoluta lo refleja este verso: «Has jugado y perdiste: eso es la vida».

Tras diagnosticarle un cáncer, comienza una angustiosa cuenta atrás, invocando a Dios o insultándolo, según los días y el ánimo. En poemas como Esperanza y Sonetos de la Desesperanza, leemos «Quiero creer en Dios, quiero creer, / no me enturbiéis la fe que voy buscando»; y también «¿He de creer en ese Dios absurdo / ese Dios que hizo al hombre contrahecho?»

Tras la despedida elegíaca «Ya no veré altamares... sólo un puerto / de sirenas varadas que exaspera / mi ansiedad condenada a un punto muerto, / contar, pesar, medir lo que yo era», comparó su destino con el de la Victoria de Samotracia: «perderé como tú si se da el caso / la cabeza pero nunca las alas» y terminó su último soneto con el verso  
«quiero serenidad para morirme».

Esta mujer que defendió los derechos de las mujeres, que luchó por las libertades en su frente anarquista, que militó en la vanguardia de todo durante las décadas de los años 20 y 30,  falleció, en Valencia,  el 2 de junio de 1970. América Barroso, su inseparable compañera hace poner como epitafio en su tumba “Pero… ¿es verdad que la esperanza ha muerto?





Lucia no dejó memorias, novela autobiográfica u otro documento escrito sobre su vida. Sólo algunos estudios sobre feminismo anarquista en la Guerra Civil, como los de Mary Nash en los 70 -publicados cuando Lucía había muerto-, intentaron rescatar su figura de un olvido voluntario y forzoso, del que finalmente no ha salido.





Fuente: Ciudad de mujeres; wikipedia


El Mundo, 10 de mayo de 1998 

LUCIA SANCHEZ SAORNIL: La vanguardista

Fue la precursora del ultraísmo y pionera en la exhibición del deseo homosexual. Creó el grupo «Mujeres Libres», rama feminista de la CNT. Defendía que la lucha de la mujer no podía subordinarse a la lucha de clases. Tras la Guerra Civil, no fue reconocida y pudo instalarse en Valencia. Murió de cáncer.
La vida de esta madriñela nacida en 1895 y fallecida en Valencia en 1970 reúne de forma dramática los avatares de la vanguardia literaria y política del siglo XX español. Es la única figura femenina del ultraísmo, el primero y más interesante de los ismos en nuestra lengua, creado por el chileno Vicente Huidobro. Es también la dirigente anarquista más singular de la época de la Guerra Civil, creadora del grupo Mujeres Libres, que representó la rama feminista de la CNT. En ambas vanguardias militó y perdió. De ambas desertó, desengañada y silenciosamente.

Procuró siempre borrar las huellas de su paso por el mundo, hasta el punto de que no existen imágenes de largos periodos, décadas enteras de su vida; hecho sorprendente si se tiene en cuenta que durante muchos años se ganó el pan retocando fotografías. Fue también pionera de una cierta exhibición del deseo homosexual femenino en poesía, pero usó para hacerlo un pseudónimo masculino, Luciano de San-Saor; encontró a la mujer y compañera de su vida en America Barroso, a la que conoció en 1937 y que le acompañó hasta su muerte. Pero no dejó memorias, novela autobiográfica u otro documento escrito sobre su vida. Siendo escritora, no figura en los libros de literatura. Siendo política, no aparece en los libros de política. Sólo algunos estudios sobre feminismo anarquista en la Guerra Civil, como los de Mary Nash en los 70 -publicados cuando Lucía había muerto-, intentaron rescatar su figura de un olvido voluntario y forzoso, del que finalmente no ha salido.

En 1996, el IVAM de Valencia y la editorial Pre-Textos publicaron su Poesía conocida, que no es toda la que escribió, en un volumen preparado rigurosamente por Rosa María Martín Casamitjana con la colaboración de Antonia Fontanillas. A cambio de esta seria aproximación de conjunto a Sánchez Saornil se produjo la película Libertarias, caricatura progre del grupo fundado por Lucía, Mujeres Libres, y de la vida real de las mujeres españolas que, como ella, militaron en la vanguardia de todo durante los años 20 y 30, pagando muy caro en su vida y en su obra la derrota absoluta de las utopías ácratas.

Entre todas aquellas libertarias de verdad, por lo general bastante poco cinematográficas, destaca la calidad de la obra dispersa y la fascinante opacidad de la vida de Lucía Sánchez Saornil, una mujer inteligente, feúcha y sentimental que murió quejándose en verso de su falta de fe católica. ¡Ella, que había condenado hasta el matrimonio civil! Sería, sin embargo, un error pensar que se trató de un arrepentimiento cobardón al borde de la fosa.

Más bien estamos ante una persona de formación lenta y rigurosamente clásica, en lo literario y en lo ético, que fue derivando por exasperación hacia el extremismo radical en los tres órdenes de su existencia, como escritora, como mujer y como política; pero que tras la catástrofe de la Guerra Civil se recluyó en un anonimato sepulcral, abandonando la militancia anarquista y retornando a una forma de poesía clásica y rabiosa que se parece más al modernismo de su lírica juvenil que al populismo mediocre de sus romances de guerra.

No es que Lucía fuera una personalidad inconsistente sino que la vivencia de su poesía, de su sexualidad y de sus ideas políticas la llevó tan dramáticamente lejos que, por fuerza, tuvo que asumir la dolorosa realidad de su fracaso. En realidad, su vida es tan contradictoria y compleja como la época, o mejor, las épocas que le tocó vivir. Nació en una familia pobre de la Calle del Labrador, en el barrio de las Peñuelas. Su padre se llamaba Eugenio y era la viva síntesis de las contradicciones del siglo XIX: un republicano que trabajaba como telefonista del duque de Alba.

Su madre, Gabriela, murió pronto y también un hermano, quedando ella a cargo del padre y otra hermanita desde muy joven. Pudo sólo estudiar en la escuela pública y luego simultaneó el trabajo de telefonista con los estudios de pintura en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Tal vez esa formación plástica le llevó a relacionarse con los poetas vanguardistas en 1918 a través de la revista Los Quijotes, donde publicaba sus versos.

Curiosamente, pero solía suceder en esa época, siguió cultivando una poesía típicamente modernista, rubendariana, con destellos de calidad pero banales en sus argumentos. Sólo los poemas eróticos dedicados a la belleza femenina tienen fuerza y originalidad. Cansinos Assens transmite un perfil suyo de mujer modesta, acaso lesbiana y muy valiosa. Le gustó uno de aquellos poetas, César A. Comet, pero cuando éste vio la pobreza de su casa no volvió a frecuentarla. Por esa fallida aventura o amor frustrado muchos niegan su tendencia homosexual, como si fueran cosas excluyentes.

En fin, la tensión entre el clasicismo modernista y los rasgos futuristas del movimiento Ultra no era una rareza de Lucía. Baste recordar que el manifesto del ultraísmo se publica en Cervantes (1919) y que la otra gran revista es Grecia. Nuestra autora publicó también en TablerosPluralManantial y La Gaceta Literaria.

Nunca reunió Lucía sus poemas de esa época en libro. Parece que estaba más interesada en tratar a los Larrea, Gerardo Diego, Borges, Garfias, Vighi, Guillermo de Torre o Adriano del Valle que en construirse una carrera literaria. Hay antologías del ultraísmo que no la mencionan, a pesar de poemas notables como Cuatro Vientos o la recaída juanrramoniana de Elegía Interior. Como autodidacta, su evolución es irregular y lenta. Abandonaría el experimentalismo durante la década de los 20 para volcarse en su actividad política como militante anarquista, a la que se dedica enteramente durante los años de la II República. Desde 1933 fue secretaria de redacción de la CNT de Madrid.

Como todos los revolucionarios de entonces, Sánchez Saornil considera a la República una simple mascarada burguesa que hay que utilizar y luego derribar. Pero desde Tierra y LibertadLa Revista Blanco y Solidaridad Obrera, Lucía va perfilando su dimensión feminista. Defiende abiertamente que la lucha de la mujer no debe subordinarse a la lucha de clases y que donde tienen que empezar los libertarios a hacer propaganda para liberar de sus prejuicios a las mujeres es en su propia casa. Los jefes de la CNT y la FAI, especialmente Federica Montseny, la descalifican.

Le sucede en el campo revolucionario lo mismo que a Clara Campoamor en el liberal democrático: los prejuicios machistas de republicanos o anarquistas son superiores a las diferencias ideológicas. En 1936, antes de la Guerra, Lucía crea Mujeres Libres, con Amparo Poch y Rosa Comaposada, organización que al estallar la contienda civil llega a encuadrar a 20.000 mujeres. Pero salvo editar una revista con ese nombre y ayudar en el frente como intendencia, no hacen más. Les impiden los propios anarquistas convertirse en agentes de liberación dentro de la revolución. Incluso les niegan el derecho a una organización femenista dentro del movimiento libertario, mientras las Juventudes Libertarias sí son admitidas y se convierten en el peor enemigo de Mujeres Libres.

En la guerra escribe romances de propaganda, como todo el mundo, y tan malos que no parecen suyos. Publica el Romancero de Mujeres Libres (1937) y sus artículos periodísticos en Horas de Revolución (1938). En la revista valenciana Umbral conoce a América Barroso y ya nunca se separarán. Pasan juntas a pie la frontera en 1939 y, tras dos años en Francia, juntas la vuelven a pasar en 1941, huyendo de los alemanes. Se instalan en Madrid pero, tras ser reconocida Lucía, se trasladan aún más discretamente a Valencia, donde América trabaja en un consulado y Lucía retoca fotografías.

Como nunca le gustó la publicidad, nadie más la reconoce y las dos mujeres van envejeciendo juntas, en un anonimato cuidadoso que sólo conoce el pintor Pedro de Valencia. El sentimiento de derrota absoluta lo refleja este verso: «Has jugado y perdiste: eso es la vida».

Tras diagnosticarle un cáncer, comienza una angustiosa cuenta atrás, invocando a Dios o insultándolo, según los días y el ánimo. En poemas como Esperanza y Sonetos de laDesesperanza, leemos «Quiero creer en Dios, quiero creer, / no me enturbiéis la fe que voy buscando»; y también «¿He de creer en ese Dios absurdo / ese Dios que hizo al hombre contrahecho?».

Tras la despedida elegíaca «Ya no veré altamares... sólo un puerto / de sirenas varadas que exaspera / mi ansiedad condenada a un punto muerto, / contar, pesar, medir lo que yo era», comparó su destino con el de la Victoria de Samotracia: «perderé como tú si se da el caso / la cabeza pero nunca las alas» y terminó su último soneto con el verso «quiero serenidad para morirme». América hizo grabar sobre su tumba este otro: «Pero... ¿es verdad que la esperanza ha muerto?». En vida de Lucía, muchas veces.

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